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Cuando empezamos una terapia ABA no paramos de escuchar que si hay que reforzar cuando el niño está sentado, buscar cosas reforzantes, que si estamos reforzando conductas que deseamos que desaparezcan, que si hablarle parece que es muy reforzante, refuerzo por cada vez que se lava las manos solo, hace pis; que si refuerzo positivo, negativo (ah, ¿pero que hay más tipos? Calma que aquí sólo haré mención del positivo).

Todo esto le sonará a padres,  terapeutas, maestros y a toda aquella persona que forme parte del entorno del niño y donde queremos generalizar aprendizajes que entrenamos en las sesiones.

Vale, pero… ¿qué es un reforzador? Una definición sería aquel que favorece la reiteración de la conducta a partir de la concesión de un premio o de algún tipo de gratificación. Y ahora vamos a los premios, de los reforzadores, que es donde quiero extenderme desde la práctica.

A veces nos comemos la cabeza buscando reforzadores: que sean muy atractivos, diferentes a los que conoce hasta ahora un niño; con muchas luces, sonidos, muy llamativos y pensamos que, si están avanzados tecnológicamente, seguro que son la mejor apuesta. Pero a veces nos desenfocamos de lo que es o verdaderamente reforzante para nuestros niños y niñas. Creemos que lo que vale para uno, vale para todos; que aquello con lo que disfrutaba hace un mes es raro que ya no sea reforzante porque le encantaba. De ahí la importancia de seguir buscando reforzadores, de presentarlos de una manera diferente, todo ello para favorecer el aprendizaje.

Es cierto que un reforzador, cuanto más exclusivo sea – menos accesible-  conseguiremos que sea más potente. Si todo el rato presentamos el mismo premio, llegará un momento en el que el interés decaiga y por tanto lo veamos reflejado en la conducta. Sobre todo en aquellos niños que todavía estén aprendiendo a expresar lo que realmente desean. Suele ocurrir que pensemos “pero si le encantaba hace una semana, era lo más, pero parece que ya no le hace gracia”. Pensemos en nuestro día a día: cuanto menos a mano tenemos aquello que nos interesa, que nos gusta, parece que las ganas de conseguirlo aumentan; estamos más motivados y hasta parece que el esfuerzo por tenerlo ha merecido más la pena: es más reforzante.

A veces hay que parar. Me refiero a hacer un ejercicio de observación de lo que les interesa a nuestros niños y niñas. Nos centramos mucho en la programación, en lo que podemos enseñar y los criterios que nos marcamos, la manera de llegar a transmitir los conceptos, pero  olvidamos en lo que realmente hace que la conducta se repita, se aprenda más  y más rápidamente. El aprendizaje es proporcional a lo que el ambiente es capaz de reforzar.

Todos entendemos que una torre de encajables consiste en ir apilando bloques, pero también puede ser una montaña  que cuando el niño lo mira se agita, cuando mantiene el contacto ocular se agita cada vez más y cuando permanece mirándolo más tiempo cae acompañado de sonidos por toda la habitación.

Démosle una vuelta a todo.

Una linterna puede convertirse en un bicho que se enciende cuando el niño es capaz de aproximarse a repetir la palabra que le estamos enseñando a que diga, o nuestras manos pueden ser animales que se cuelan en sus mangas de las camisetas y van llegando a las partes del cuerpo que vamos nombrando.

Esto me suena a veces a la típica anécdota de cuando los niños reciben muchos regalos, juguetes maravillosos de última tecnología y al final se divierten viendo el dibujo de la caja o metiéndose dentro como si fuera una casa. Incluso también puede ser reforzante momentos de tranquilidad, de soledad en donde el niño o la niña puede estar jugando solo, pintando, haciendo un puzle, escuchando música u observando su entorno.

A donde quiero llegar es que a veces no es tan interesante con qué reforzamos conductas que queremos que se repitan y aprendan, sino el cómo lo hacemos.

Es importante que nos convirtamos en agentes reforzadores para nuestros niños y niñas. Que cada momento de trabajo, de aprendizaje, sea único con cada una de nosotros y de nosotras, como terapeutas, como padres, como maestros, etc.

En una de las primeras sesiones online que he llevado a cabo durante el confinamiento, sugerí a  uno de los padres que después de que su hijo completara una actividad él le hiciera cosquillas, pero no sólo eso: que la cogiera de los pies, le diera la vuelta, le zarandeada, le dejará caer en la cama y le hiciera cosquillas por todo el cuerpo… En la siguiente sesión le preguntábamos al niño si quería jugar con la tablet (el premio que más pedía y que utilizábamos para adquirir aquellas destrezas más complejas) y dijo: quiero cosquillas con papá.

¡Dejémonos llevar! Probemos cosas nuevas. Porque si algo me encanta de mi trabajo es la suerte de poder tener un niño delante y dar rienda suelta a la imaginación, experimentar, inventar, probar, imitar sus juegos… más allá de la parte técnica fundamental para cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje. A veces en lo más sencillo, está lo más enriquecedor y reforzante.

Sofía Cano.

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