psicóloga infantil facilitando juego compartido entre dos niños en una sesión terapéutica con una madre observando de fondo

El juego compartido en niños con TEA: por qué cuesta y cómo fomentarlo

El juego compartido en niños con TEA es una de las preocupaciones más habituales en familias con niños dentro del espectro autista. Muchos padres observan que su hijo juega, pero lo hace solo, sin buscar interacción, sin compartir la experiencia o sin responder cuando alguien intenta unirse. Esto puede generar dudas, frustración e incluso miedo sobre su desarrollo social.

Entender por qué ocurre esto es el primer paso para acompañarles de forma adecuada. El objetivo no es forzar el juego, sino construirlo poco a poco desde su forma natural de relacionarse.

¿Qué entendemos por juego compartido?

El juego es una de las actividades más importantes durante la infancia ya que constituye una herramienta fundamental para favorecer la interacción social, la comunicación y el desarrollo emocional. A través de él, los niños exploran el mundo, desarrollan habilidades cognitivas o aprenden normas sociales, entre otras muchas cosas.

Más concretamente, el juego compartido se refiere a actividades en las que dos o más personas participan de manera coordinada. No es solo jugar “con alguien al lado” ya que implica que ambas personas compartan atención, haya intención comunicativa, intercambio y disfrute mutuo, alternar turnos, seguir reglas simples… Es decir, que el niño no solo manipule un objeto, sino que incluya a otra persona en la experiencia. 

Algunos ejemplos de juego compartido pueden ser los juegos de imitación, construcciones, juegos de mesa, juegos cooperativos, juegos simbólicos como jugar a cocinar o a ser médicos…

En el desarrollo típico, este tipo de juego aparece de forma progresiva. Sin embargo, en niños con TEA, este proceso puede representar un desafío debido a las dificultades que suelen presentar en la comunicación social, la flexibilidad en su comportamiento, la reciprocidad emocional… 

¿Por qué el juego compartido tea infantil resulta difícil?

Las dificultades en el juego compartido no tienen una única causa. En realidad, suelen ser el resultado de varios factores que interactúan entre sí.

Por un lado, muchos niños con TEA presentan dificultades en la atención conjunta, es decir, en mirar lo mismo que otra persona y compartir ese foco o interés. Esto hace que les cueste entender que el juego puede ser algo “compartido”.

Por otro lado, puede haber menor motivación social. No es que no quieran relacionarse, sino que no encuentran automáticamente gratificante esa interacción como otros niños. De la misma manera, hay niños con TEA que sí encuentran reforzante relacionarse con los demás pero no tienen herramientas para hacerlo de forma adecuada, lo que dificulta también la aparición del juego.

También influyen las dificultades en la flexibilidad cognitiva. Si un niño tiene una forma concreta de jugar (por ejemplo, alinear coches), introducir a otra persona que cambia la dinámica puede generar incomodidad o frustración.

Señales habituales en el juego

Algunas conductas que pueden indicar dificultades en el juego compartido en tea son:

  • Jugar de forma repetitiva sin buscar interacción.
  • No mirar al adulto o a otros niños durante el juego.
  • No responder cuando alguien intenta unirse.
  • Preferir jugar siempre solo aunque haya otros niños cerca.
  • Molestarse cuando alguien modifica su juego.

Es importante destacar que cada niño es diferente. Estas señales no significan que no pueda desarrollar juego compartido, sino que necesita un acompañamiento específico.

Cómo fomentar el juego compartido paso a paso

El objetivo no es imponer el juego, sino construirlo desde lo que el niño ya hace. Aquí es donde muchas familias encuentran alivio: no hay que empezar de cero, sino partir de su interés.

Una estrategia fundamental es seguir el juego del niño. En lugar de dirigir, el adulto se une a lo que ya está haciendo. Si alinea coches, el adulto puede colocar otro coche cerca, imitando su acción. Poco a poco, se pueden introducir pequeñas variaciones. No cambios bruscos, sino ajustes sutiles que inviten a la interacción, como puede ser colocar esos coches en una pista de carreras.

Otro aspecto clave es convertirse en parte del juego. Por ejemplo, en lugar de ofrecer un juguete, el adulto puede ser quien lo entregue tras un pequeño intercambio, generando así una oportunidad de comunicación.

También es importante utilizar pausas. Detener momentáneamente el juego crea una expectativa que puede motivar al niño a mirar, pedir o interactuar.

El refuerzo emocional es esencial. No se trata solo de que juegue, sino de que sienta que compartir es agradable. Sonrisas, entusiasmo y conexión emocional marcan la diferencia.

Errores comunes que conviene evitar

En el intento de ayudar, es habitual caer en estrategias poco efectivas. Algunos errores frecuentes son:

  • Forzar al niño a jugar con otros sin preparación.
  • Dirigir constantemente el juego sin respetar sus intereses.
  • Corregir en exceso en lugar de acompañar.
  • Interpretar la falta de juego compartido como desinterés emocional.

Evitar estos errores permite crear un entorno más seguro donde el niño pueda avanzar a su ritmo.

El papel de la familia y la escuela en el desarrollo del juego

La familia tiene un rol fundamental. No solo por el tiempo que comparte con el niño, sino porque es su principal referencia emocional.

Cuando los padres entienden cómo acompañar el juego, las oportunidades de aprendizaje se multiplican en el día a día: en casa, en el parque, durante rutinas cotidianas. No se trata de “hacer terapia” constantemente, sino de integrar pequeñas estrategias en momentos naturales.

Pueden reservarse momentos para jugar juntos, reducir los momentos de juego aislado o individual como el uso de tablets, adaptar actividades y juegos en casa a los intereses del niño, etc. 

En cuanto al colegio, docentes y terapeutas también tienen una función relevante en la promoción del juego compartido. Su intervención puede facilitar la inclusión social y la participación activa del niño en diferentes entornos, pudiendo organizar juegos cooperativos, enseñar habilidades sociales de forma explícita, utilizar apoyos visuales para las reglas del juego, turnos o esperas, o incluso facilitar grupos pequeños de juego.

Cuándo es recomendable buscar ayuda profesional

Si el niño muestra una ausencia persistente de juego compartido o funcional, dificultades para interactuar o frustración ante la presencia de otros, es recomendable consultar con un profesional.

Una intervención temprana puede marcar una gran diferencia. A través de programas específicos, se trabajan habilidades sociales, comunicación y flexibilidad de forma adaptada a cada niño.

En este sentido, la terapia en grupo es especialmente beneficiosa, ya que ofrece un entorno estructurado donde los niños pueden practicar el juego compartido con iguales, guiados por profesionales que les ayuden a flexibilizar su conducta, respetar los turnos, interactuar los unos con los otros, etc.

Conclusión: construir el juego, no forzarlo

El juego compartido no aparece de forma automática en muchos niños con TEA, pero eso no significa que no pueda desarrollarse.

Con comprensión, paciencia y estrategias adecuadas, es posible construir poco a poco esa conexión. Cada mirada compartida, cada pequeño intercambio, es un paso importante.

Como familia, no estáis solos en este proceso. Buscar orientación profesional y entender cómo acompañar a vuestro hijo puede transformar la experiencia del juego en un espacio de encuentro, disfrute y crecimiento compartido.